martes, 14 de enero de 2014

Un Cuento de Yule

La noche de Yule, Kjallak , thuler de los beorlingas, había cenado solo en su cabaña. Mientras el clan al completo celebraba bebiendo, comiendo, cantando y retozando el renacer de Sunna, la diosa del sol, en el Gran Salón o en sus propios hogares.

"Que les zurzan, no pienso pasarme por allí." "Un montón de gente, ruido sin parar, seguro que hasta hay britanos". Así pensaba mientras se desvestía y se metía en la cama. Rápidamente empezó a amodorrarse, cuando empezó a oír algo. Era un ruido repetitivo e irritante, pero a la vez extrañamente familiar, ¿donde lo había oído antes?, ¿a que le recordaba?, era como trozos de hueso golpeando unos contra otros, como en el sonajero de un bebe o como los huesos con runas que llevaba Offa en su bolsa...

Offa, hacia años que no pensaba en su viejo maestro. De repente, recordó que en Yule las fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos se difuminaban hasta casi borrarse. Presa de una gran inquietud, levanto la cabeza y miro hacia la puerta de su alcoba. 

Y allí estaba. Su manto pardo hecho jirones, todo su figura bañada por una luz verdosa y repugnante, el viejo Offa."Kjallak", dijo con una voz rasposa que venia del mismísimo Niffelheim. "Discípulo, he venido a ti, en esta noche de Yule, para avisarte de que tres seres del otro mundo vendrán a verte, cada uno de ellos te mostrara una visión, estas visiones son un regalo y una advertencia, para que cambies tu forma de vida y no acabes como yo, viejo, solo y amargado. Deja de esconderte detrás de una mascara"

"¡¡Mis mascaras son sagrados símbolos de poder, no son ningún escondite, viejo fracasado!!", grito un furibundo Kjallak a la nada. Su antiguo maestro se había desvanecido.

"Feliz Yule", dijo una vocecilla infantil desde un rincón. De un salto, un  pequeño elfo o alfar, se planto entre las piernas del mago y empezó a abofetearle la cara con sus manitas en las mejillas: "Venga, venga, perezoso grandullón, que no tenemos toda la noche, levántate y sígueme".

Mas sorprendido que enfadado, Kjallak siguió al duendecillo hacia afuera y se encontró un paisaje que no esperaba volver a ver en su vida.

Era el viejo asentamiento, en el que había vivido de niño en el continente. El viejo Gran Salón construido por el abuelo de Jorun, los bosques de un verde oscuro intenso. Todo estaba cubierto de nieve, y los niños se arrojaban bolas  los unos a los otros y jugaban a ser mayores. Un niño había aprovechado que una niña estaba bajo una corona de muérdago para darle su primer beso. Un momento: ¡¡El era el niño!!.

La escena cambio, una enorme mano enguantada le cogía por el cuello del abrigo y empezó a arrastrarle al bosque, oscuro y profundo. Era Offa, el día que comenzó su aprendizaje y se lo llevo de la aldea.
Quiso pedir cuentas al alfar, pero este había marchado, de hecho estaba contemplando su propio cuerpo tendido sobre la cama. Junto a el había un hombre de mediana edad, serio y digno, de larga barba gris y con una vara llena de runas en la mano derecha. 

"Acompáñame", interpelo secamente a Kjallak. Kjallak intento resistirse, pero no pudo, y atravesó la pared de la cabaña junto al ser. Sobrevolaron todo el poblado, iluminado por antorchas. La gente iba de una casa a otro, compartiendo el brindis de yule, riendo y cantado, y donde mas gente había y mas se divertía era en el Gran Salón, lleno a reventar. Un guerrero preguntaba a otro por el thuler, Kjallak,  el interpelado, que debía tener algo de escaldo, le decía que ese amargado estaría seguramente en su propio agujero revolcándose en su propia suficiencia, como un dragón sobre su oro.

Kjallak se volvió al espíritu para ordenarle que le sacara de allí, pero ya no estaba, volvió a girarse, y era el Salón el que no estaba. De nuevo estaba en el exterior, sobre la nieve. Las estrellas resplandecían frías y distantes en un claro cielo invernal. Todo el poblado estaba en oscuras excepto un gran edifico en lo alto de la colina, el único iluminado. Del cielo descendió una figura alada, una mujer de formas divinas, pero fría y distante como el hielo; una de las valquirias, una de las mensajeras de la muerte.

Apunto con su espada al edificio iluminado, y cuando Kjallak empezó a ascender le siguió unos pasos detrás. Kjallak se hacia el remolón y subía poco a poco pero cada vez que se volvía, se encontraba con la implacable mirada de la hija de Woden, conminándole a seguir. Finalmente llegaron a la cima de la colina, pero Kjallak no quiso traspasar el umbral del edificio. Había algo en el que lo repelía profundamente. Finalmente la valquiria le empujo y paso al otro lado, atravesando la gruesa puerta de roble del edificio como si no estuviera allí. 

El interior estaba profusamente iluminada con la luz de innumerables velas la enorme sala que llenaba el interior de aquel lugar. Estaba llena de bancos en hileras una tras otra, hasta el otro extremo. Y los bancos estaban llenos de personas, de toda edad y condición. Había entre ellos muchos rostros conocidos, pero a la vez cambiadas por el paso de los años: Jorun, Marek, Wulfric, .....  Y todos los rostros miraban hacia adelante, hacia el altar, el altar bajo una enorme cruz de madera...

Kjallak despertó gritando y salio corriendo de su casa, sin notar el frió al pisar con sus pies desnudos al pisar la nieve. Al poco el frió le hizo volver en si, y oyó a lo lejos los gritos de sus vecinos brindando, cantando y riendo. 

Entonces, aún era Yule, aún podía cambiar.