jueves, 3 de octubre de 2013

Thorlot la curandera

Thorlot nació de Geneffer, una mujer britana que había sufrido el amargo destino de ser capturada y esclavizada por el clan sajón de los Beornlingas

Habiendo nacido fuera del matrimonio, y ser mestiza, su destino también era la esclavitud o, como mucho, desempeñar trabajos serviles. Pero parece que a Thorlot, los dioses le sonrieron al nacer. O al menos una de las diosas: Freyja. 

Cuando la niña no contaba con los cinco años de edad, se dieron cuenta de que estaba tocada por los dioses: cuando cogió a un ternero con la pata rota y se la curó simplemente imponiendole sus manos. A pesar de su corta edad, la pequeña apuntaba maneras como sanadora. Tenía un Don.

Así que su padre, Egbert Cuthredson, decidió criarla como un miembro más de la familia, y aunque eso  levanto algunas pequeñas ampollas, todos terminaron, en mayor o menor medida, adoptándola como una igual. Los Beornlingas, eran conocidos por su ferocidad, pero no por contrariar abiertamente y sin razón alguna a una diosa, y menos a la más poderosa de las Vanir.  

Thorlot fue creciendo, y poco a poco, mejorando sus habilidades sanadoras. Aunque eso no era lo único que mejoraba. Buscando por el bosque plantas curativas, descubrió que había otras de uso muy diferente, opuesto de hecho. Y su curiosidad innata hizo el resto. Así fue como se convirtió en una experta herbolaria y en una pequeña mentirosa compulsiva, al hablar sobre sus excursiones por los bosques.

Cuando los mensajeros de Hengist y Horsa llegaron al asentamiento de los Beornlingas, ofreciendo al clan un futuro al otro lado del mar, Thorlot se alegro en su interior, ansiando conocer la tierra de su madre. 


Eso, y quizás tambien encontrar a su abuelo Carawyr el Druida, el padre de su madre. Muchas noches, cuando ella y su madre debían dormir lejos del fuego, y se abrazaban una a otra en busca de calor, su madre Geneffer le contaba historias de su pueblo, los Icenni, del coraje de sus hombres y mujeres. Sobre todo de sus mujeres, en especial de la gran reina Boudicca, que había derrotado a los romanos y había estado a punto de expulsarlos de Britania. "La sangre de Boudicca también fluye por nuestras venas, hija. No lo olvides nunca".